La Casa lugubre

La Casa lugubre

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El señor Smallweed iba a rechazar la calificación que se le daba, cuando quedó sobrecogido de un violento acceso de tos.

—Usted tiene la culpa —le dijo el señor Bucket—, si no quisiera contradecirme sin motivo, no le sucedería esto. Señor Jarndyce, por encargo del barón sir Leicester Dedlock, he tenido varias entrevistas con ese caballero, y unas veces por una cosa, otras veces por otra, he tenido ocasión de ir varias veces a encontrarle frecuentando el lugar de su residencia; a saber: la casa que ocupara antes el señor Krook, el trapero, a quien, si no me engaño, usted conocía.

—En efecto —dijo mi tutor.

—Sepa usted, pues, que ese caballero ha heredado la propiedad del viejo Krook, y entre otras cosas gran cantidad de papeles viejos que a nadie pueden interesar.

Las miradas del señor Bucket y la superioridad con la cual, sin decir una palabra, ni hacer un gesto que pudiese alarmar al que le oía, nos puso al corriente de lo que se trataba, nos quitó todo el mérito de adivinar que preparaba un modo de arreglar el asunto de los papeles que poseía el señor Smallweed, y nos dejó entrever que, de juzgarlo oportuno, habría podido decirnos de aquel anciano otras muchas cosas.

La sordera del señor Smallweed, junto con su suspicacia, hacía que contemplara toda la escena con extrema atención.


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