La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Como es natural —añadió el señor Bucket—, en cuanto ese caballero entró en posesión de la herencia, comenzó a examinar los montones de papelotes.

—¿Comenzó a qué? —gritó con voz chillona, el señor Smallweed, que era tan sordo como desconfiado.

—A examinar —repitió el señor Bucket—. ¿Acaso no es usted, por naturaleza, un hombre prudente, dado a los negocios, y no ha sido siempre su fuerte poner en orden cuantos papeles llegan a caer en sus manos?

—Sin duda que sí —contestó el señor Smallweed.

—¡Pues claro! —replicó el señor Bucket, inclinándose sobre él con irónico buen humor, del cual el último no participaba, ni poco ni mucho—, y habría usted obrado mal, no haciéndolo. Así fue cómo encontró usted un papel con la firma del señor Jarndyce, ya sabe usted a qué me refiero, ¿no es cierto?

El señor Smallweed nos dirigió una mirada de confusión, y con aire mohíno hizo una señal afirmativa.


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