La Casa lugubre

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—Y con toda tranquilidad y a su propio ritmo, sin prisas, leyó usted el papel en uno de sus momentos de ocio, pues la curiosidad no es cosa que le atosigue a usted en lo más mínimo, y menos cuando se trata de papeles que le son indiferentes, ¿qué descubrió usted? Que aquel insignificante papel era ni más ni menos que un testamento. ¡Bonito hallazgo! —exclamó el señor Bucket, con tono jovial, como remedando el gozo que aquel descubrimiento le había causado a su hombre, quien, lejos de participar en aquel momento de semejante buen humor, se mostraba corrido y cabizbajo y parecía no hallar en la cosa el menor motivo de risa.

—No sé si es o no un testamento —balbuceó el señor Smallweed, acurrucándose en su sillón, en el cual se quedó como una masa informe.

El señor Bucket hizo ademán de precipitarse sobre el viejo, y continuó agachado hacia el anciano, mirándonos, de vez en cuando, a hurtadillas.

—Sin embargo, el descubrimiento le preocupó algo, pues siendo como es usted de alma muy sensible…

—Que ¿qué soy? —preguntó el señor Smallweed, colocándose la mano detrás de la oreja.

—De alma sensible.

—Bien, bien, continúe usted —dijo el señor Smallweed.


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