La Casa lugubre
La Casa lugubre Al día siguiente, nos marchamos los tres a Londres, y, en cuanto llegamos, Allan corrió a Symond’s Inn para comunicarles a Richard y a su mujer la buena noticia. También yo deseaba pasar algunos minutos junto a Ada, a pesar de que ya era muy tarde, pero me fui a casa para preparar el té de mi tutor y ocupar a su lado mi puesto, que no quería ni podía dejar todavía.
Nos dijeron, al llegar a casa, que había estado allí tres veces un joven que deseaba verme, y que, al saber por fin que no había yo de volver hasta las diez de la noche, había dejado cuatro líneas diciendo que volvería a aquella hora. Nos dieron sus tres tarjetas y en ellas leímos el nombre del señor Guppy.
Mientras procuraba adivinar el motivo de sus reiteradas visitas, asociándolo como siempre a la idea de la visita algo risible que me hiciera antaño, me entretuve en explicarle al señor Jarndyce la proposición que entonces me hizo y la retractación que la había seguido.
—Después de lo que me has contado —dijo mi tutor—, no podemos dispensarnos de recibir a ese héroe.
Y, apenas acababa de dar orden de que lo recibiesen en cuanto se presentase, el señor Guppy llamaba a la puerta acompañado de otras dos personas.
Al encontrar conmigo al señor Jarndyce, se desconcertó ligeramente, pero, recobrándose, preguntó:
—¿Cómo está usted, caballero?