La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Muy bien, ¿y usted? —dijo mi tutor.

—Sólo pasable, señor —replicó el señor Guppy—. ¿Me permitirán que les presente a mi madre, la señora Guppy de Old Street Road, y a mi querido amigo, el señor Weevle, es decir, el señor Jobling, pues Weevle no es su verdadero nombre?

Mi tutor les rogó que tomaran asiento, y los tres se sentaron.

—Tony, hazme el favor de exponer el objeto de nuestra visita —dijo el señor Guppy al señor Jobling, después de un embarazoso silencio.

—Hazlo tú mismo —contestó el señor Jobling, con brusquedad.

El señor Guppy pareció reflexionar un instante, y, por fin, tomó la palabra, para gran satisfacción de su madre, la cual dio con el codo al señor Jobling y me dirigió una mirada con muchos guiños:

—Señor Jarndyce —comenzó a manera de exordio—, esperaba encontrar a solas a la señorita Summerson, y, por eso mismo, no estaba preparado para su honrosa presencia. Sin embargo, quizá la señorita Summerson ya le haya informado de lo que pasó entre ella y yo en anteriores entrevistas.

—En efecto —contestó mi tutor, sonriendo—, la señorita Summerson me ha contado algo de eso.


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