La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Pues esto hace mucho más fácil la exposición de los hechos —agregó el señor Guppy—. Hace muy poco que he concluido, y puedo decir que a satisfacción de todos, mi pasantía en casa de Kenge y Carboy. Después de someterme a un examen en el colegio de abogados lo suficientemente deprimente como para atormentar a un hombre con infinitas cosas, que por insustanciales no vienen al caso, he sacado mi título de procurador. Traigo el certificado, y puedo mostrarlo si desea verlo.

—Muchas gracias, señor —contestó mi tutor—, pero, para expresarme en un término legal, no impugno en lo más mínimo el certificado en cuestión.

Al oír esto, el señor Guppy desistió de sacar de su bolsillo el consabido documento, y continuó:

—Nada poseo, en realidad, pero mi madre disfruta del usufructo de una pequeña propiedad —en ese momento la madre del señor Guppy movió la cabeza de un lado a otro como si aquella observación la hiciera disfrutar bastante, y se puso un pañuelo a la boca y me volvió a hacer un guiño—, y no me faltarán las pocas libras que habrá de desembolsar para poner en marcha mi bufete, advirtiendo que las tendré sin interés, lo cual —añadió con voz conmovida—, no deja de ser una gran ventaja.

—Una gran ventaja, ciertamente —dijo mi tutor.


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