La Casa lugubre
La Casa lugubre Cuando entré en el cuarto del enfermo, este estaba tendido sobre un diván y parecía dormir. Sobre la mesa había varios cordiales, y todo el aposento respiraba tranquilidad y aseo con las luces apagadas y en silencio. Allan se hallaba a su lado, y lo observaba con semblante grave. Una palidez intensa, como nunca la viera en él, invadía el rostro del enfermo. No obstante, tenía una placidez inusual desde hacía mucho tiempo.
Me senté cerca del sofá sin decir nada. Transcurridos unos instantes, abrió los ojos y con voz débil, aunque con su antigua sonrisa, me dijo:
—Dama Durden, un beso…
Dentro de su extrema debilidad, parecía haber recobrado aquella antigua jovialidad que le era característica y se hacía propósitos para el porvenir. Me comentó que nuestro deseado matrimonio le hacía más feliz de lo que pudiera expresar con palabras. Mi marido, decía, había sido para él y para Ada un ángel tutelar. Nos bendecía, nos deseaba toda la dicha que puede dar esta vida, y por un instante creí que mi corazón desfallecía cuando le vi tomar la mano de Allan y llevarla a su pecho con extrema unción.
Hablamos de varias cosas e hicimos no pocos proyectos. Por poco que sus piernas lo permitiesen, quería asistir a nuestro matrimonio. Ada lo acompañaría…
—Sin duda que sí —dijo Ada.