La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Hija mía —replicó sin manifestar la menor aflicción—, el término de este proceso que nos libra de la Cancillería es un beneficio mayor del que nunca podría esperar. Pero ¿qué será de esos pobres muchachos?

Toda la mañana estuvimos hablando de ellos, examinando y discutiendo lo que a nuestro entender era posible hacer y proponerles. Al mediodía, mi tutor me acompañó hasta Symond’s Inn, y dejándome en la puerta de la casa de Ada, subí sola a su piso. En cuanto mi pobre amiga oyó en el estrecho corredor el ruido de mis pasos, corrió hacia mí y se arrojó en mis brazos, pero en breve reprimió su efusión, y me dijo que Richard había preguntado por mí varias veces.

—Allan —continuó—, lo encontró sentado en un rincón de la sala, donde permanecía inmóvil, como petrificado. Cuando despertó de su estupor, se deshizo en los más amargos reproches contra los jueces. Pero, a las primeras palabras, un golpe de tos le llenó la boca de sangre, y no pudo continuar, viéndose Allan obligado a acompañarlo hasta aquí.




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