La Casa lugubre

La Casa lugubre

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Su rostro expresaba una ansiedad tan viva, conocía tanto a nuestro pobre amigo, cuyo desfallecimiento paulatino había observado día tras día yo misma, que las palabras que la infeliz esposa, mi buena amiga, había pronunciado con tal motivo, acudieron a mi memoria y resonaron en mi oído como un fúnebre tañido.

—Si desea usted ver al señor C. —dijo el señor Vholes viniendo tras nosotros—, lo hallará junto al Tribunal: allí lo he dejado tomándose un momento de descanso. Buenos días, caballero; buenos días, señorita Summerson.

Pronunció estas palabras, dirigiéndome aquella mirada hipnotizadora de reptil que le era tan propia, bostezó, anudando los cordones de su cartera, como si hubiese guardado en ella la última tira de piel de su cliente, corrió a reunirse con el señor Kenge, cuya sombra benigna temía perder, y su persona de mal agüero, vestida de negro y abotonada hasta el cuello, atravesó la pequeña puerta del extremo del corredor.

—Ángel mío —me dijo Allan—, ve rápido a avisar al señor Jarndyce y luego a casa de Ada, yo me encargaré del pobre Richard, al que me confiaste.

No le dejé que me pidiera un coche, sino que le supliqué que fuera por Richard sin perder un instante y que me dejara hacer lo que me pedía. En poco tiempo llegué a casa, donde con las debidas precauciones fui poniendo a mi tutor al corriente de lo que había sucedido.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker