La Casa lugubre
La Casa lugubre —Muy bien dicho —observó el señor Kenge, con cierta sonrisa de condescendencia—. No olvide, además, señor Woodcourt —continuó el abogado, recobrando su grave dignidad—, que las muchas dificultades, contingencias y formas de procedimiento que contiene ese gran pleito han exigido estudios profundos y abundancia de elocuencia, habilidad y saber, que por espacio de años la flor de los tribunales y el…, un…, los frutos otoñales, quiero decir, la gente madura y más experimentada en las prácticas judiciales han echado el resto en el asunto «Jarndyce contra Jarndyce». Asà pues, si el público goza de los beneficios, si la nación recoge la gloria de esta enorme pugna de lumbreras, es justo que toda ella sea remunerada en dinero u otros valores cualesquiera, señor Woodcourt.
—Perdone, señor Kenge, pero llevamos prisa —dijo Allan, que empezó a ver claro en el asunto—, ¿quiere decir con esto que las costas y gastos absorben toda la herencia?
—¡Hum! Asà lo creo —contestó el señor Kenge—. ¿Qué le parece a usted, señor Vholes?
—Soy de la misma opinión. Y que se ha dado término a la causa por falta de dinero para proseguirla.
—Probablemente —respondió el señor Kenge.
—Probablemente —repitió el señor Vholes.
—¡Pobre Richard! ¡Qué golpe para él! —me dijo Allan, en voz baja.