La Casa lugubre
La Casa lugubre —Querido Rick, las nubes se han disipado y ha salido el sol. Rick todos hemos andado más o menos extraviados… ¿Qué importa si ahora se ha hecho la luz a nuestro alrededor? ¿Cómo va eso, amigo mÃo?
—Estoy muy débil, primo, pero espero recobrar las fuerzas. Estoy resuelto a comenzar una nueva existencia.
—Muy bien pensado —dijo mi tutor.
—Y créame que no seguiré el camino de antes —añadió Richard con triste sonrisa—, la lección ha sido dura, pero puede usted tener la seguridad de que sacaré provecho de ella.
—¡Bien, hijo mÃo, muy bien! —exclamó mi tutor, alentándolo con voz cariñosa.
—Ahora mismo estaba pensando, primo —siguió diciendo Richard— que lo que más gusto me darÃa serÃa ver su casa…, la de la dama Durden y Woodcourt. Si pudiese ir allá, en cuanto estuviese un poco mejor, me parece que pronto me pondrÃa bueno.
—Lo mismo decÃamos esta mañana —respondió mi tutor—, no hemos hablado de otra cosa Esther y yo, durante el desayuno. Supongo que su marido no tendrá inconveniente alguno…
Richard se sonrió y tendió la mano a Allan, que se hallaba a sus espaldas, a la cabecera del sofá.