La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—No hablo de Ada —dijo Richard—, por más que no sea otro mi pensamiento. No se aparta de mi lado, no me deja ni un momento, cuando tiene tanta necesidad de descansar: ¡pobre ángel mío!

Y la estrechó en sus brazos, en medio de un religioso silencio. Sus brazos se aflojaron poco a poco, y Ada, después de mirarnos uno a uno, levantó sus ojos al cielo y sus labios temblaron.

—Cuando vaya a la Casa lúgubre —continuó Richard—, hablaremos largo y tendido. Usted nos acompañará, ¿verdad, señor Jarndyce?

—Sin duda, mi querido Rick, no faltaba más.

—Gracias —dijo Richard—. ¡Siempre el mismo, siempre! Me han dicho el modo en que lo ha dispuesto todo, llevando su diligencia hasta tener presentes los menores gustos e inclinaciones de Esther. Me parecerá ver la antigua Casa lúgubre.

—También irás allá, Richard. Así lo espero, por lo menos. Allí estaré solo, y será una obra de caridad ir a verme —dijo mi tutor, acariciando la rubia cabellera de Ada y llevando un mechón de cabellos a sus labios.

En aquel momento me pareció adivinar que el señor Jarndyce se hacía interiormente la promesa de servirle de apoyo y consuelo.


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