La Casa lugubre
La Casa lugubre Continúa el litigio entre sir Dedlock y el atrevido Boythorn, pero es una guerra con treguas, ahora viva e insaciable, ahora amortiguada y débil, como la inconstante llama de un fuego mal alimentado. Se cuenta que al establecerse sir Leicester en Chesney Wold con el propósito de no salir nunca más de allí, el señor Boythorn abrigó la idea de abandonar sus derechos y acatar el ultimátum del barón, pero se añade que este, al comprender que aquello era una concesión a su desgracia y a su enfermedad, se mostró tan profundamente ofendido que el señor Boythorn se vio obligado a volver a las andadas para devolver el sosiego a su noble vecino. Continúa, pues, con sus formidables amenazas, que él mismo escribe en las paredes (siempre acompañado de su inseparable pájaro sobre la cabeza), y jura con ir a atacar a sir Leicester hasta el santuario del hogar doméstico, así como también sigue desafiándolo como siempre en la pequeña iglesia simplemente ignorando su existencia, antes que renunciar al derecho de paso que reivindicará hasta la muerte. A pesar de todo, es evidente y se dice, en voz baja, que cuanto más feroz se muestra hacia su antiguo enemigo, más respeto y consideración siente por él, y que a su vez sir Leicester, en su dignidad de hombre implacable, no deja de tener para con su adversario algunas debilidades. Ignora sir Leicester que la triste suerte de las dos hermanas fallecidas ha creado entre él y su antagonista un lazo solidario de sufrimiento común, pero, por más que Boythorn sepa todo esto, la contienda continúa con aparente encarnizamiento por ambas partes.