La Casa lugubre
La Casa lugubre Es un espectáculo conmovedor ver a la buena ama de llaves, sorda ya completamente, ir a la iglesia apoyada en el brazo de su hijo y observar las relaciones que existen entre ambos y sir Leicester. Bien es verdad que allí hay ahora muy poca gente para hacer estas observaciones, ninguno de los antiguos conocidos atraviesa los umbrales de Chesney Wold. Pero, en cambio, cuando llega la época de los fuertes calores, puede entreverse, por entre el follaje, un manto gris y un paraguas antes desconocidos en aquellos lugares. Cuando esto sucede, dos niñas corren y saltan por los rincones más solitarios de los jardines, mientras en la puerta de la casita que ocupa el sargento, el humo de dos pipas se eleva en espirales en el aire perfumado de la tarde, y dentro de la casa suena una flauta que toca la marcha de los Granaderos Británicos y al caer la noche, dice una voz seca, con tono inflexible, mientras ambos se dan un paseo, las siguientes palabras: «Pero esto no se lo digo a mi mujer, porque hay que conservar la disciplina».