La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Ocurre lo mismo con los perros de caza, a quienes exaspera el reposo y que desde su perrera situada al otro extremo del jardín dejan oír su voz quejumbrosa hasta el tocador de milady, quizá recorran con el pensamiento toda la comarca mientras la lluvia cae y los condena a la inacción. Quizá los conejos, escondidos en sus madrigueras, distraen su fastidio pensando en los días en que la brisa acaricia sus hocicos, en la interesante estación en que hay tiernos brotes que comer, en que las raíces son jugosas y delicadas. El pavo, vagamente nervioso por un agravio social (probablemente Navidad), quizá recuerde aquella mañana de julio en que se fugó del corral, tomó el camino del jardín y, trotando entre las ramas de los árboles cortados, llegó hasta la granja que estaba llena de cebada. La oca, descontenta, que se agacha para pasar por debajo de la puerta del patio, quizá grazne rememorando los días en que la sombra del portal se proyecta en la arena.

Sea como sea, aparte de eso no hay mucha imaginación que conmueva Chesney Wold. Si hay un poco en algún raro momento, cunde mucho, como un pequeño ruido en un viejo edificio con eco, y normalmente conduce a los fantasmas y al misterio.



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