La Casa lugubre
La Casa lugubre Quién sabe si el mastÃn, que dormita en la perrera, con el hocico entre las patas, sueña en un dÃa abrasador de verano, cuando las sombras del establo colman su paciencia con tanto cambiar de sitio y dejarlo sin más refugio, en cierto momento del dÃa, que el de su propia caseta, donde se está sentado, resoplando y gruñendo, y con ganas de algo de lo que preocuparse, además de por sà mismo y de su cadena. En ese momento, guiñando los ojos, y medio despierto, se acuerda tal vez de la época en que la casa está llena de gente, los patios de coches y las cuadras de caballos y que, en un constante ajetreo, van y vienen los criados y los cocheros. Entonces sale instintivamente de la perrera para cerciorarse de la verdad, y, sacudiendo la cadena que le sujeta, dice para sÃ, gruñendo: «Lluvia, lluvia, nada más que lluvia, y nadie y nadie» mientras vuelve a entrar y se tiende bostezando, tristemente.