La Casa lugubre
La Casa lugubre Sin embargo, quizá exista alguna reacción en la limitada mente de los animales inferiores que habitan en Chesney Wold. Los caballos, encerrados en sus caballerizas (las vastas caballerizas, situadas en un patio al descubierto, desierto cercado de paredes de ladrillo rojo, donde se alza un torreón que ostenta una campana y un reloj de esfera muy grande, el cual parece que siempre lo estén consultando las palomas de las cercanías, posadas en sus hombros), quizá evoquen la imagen de un hermoso día de primavera, y se manifiestan más sensibles que los mozos que los cuidan. El viejo ruano, tan famoso por vencer todo obstáculo, que alza sus grandes ojos hacia la ventana emplomada que hay encima de su pesebre, quizá piense en el verde follaje que en otra época veía brillar y los aromas que emanaban, y en pegarse una buena carrera con los galgos, mientras que el mozo de cuadra, que está limpiando el establo de al lado, no ve más allá de su escobón y de su cepillo. El tordo que se encuentra enfrente de la puerta endereza las orejas cada vez que abren esta, y su mirada se posa tristemente en el que acaba de entrar, que le dice: «¡Quieto, tordo! Hoy no te necesita nadie», y quizá lo sepa tan bien como el hombre. Y la media docena de bestias, que participan de una vida tan monótona, quizá pasen los días de lluvia en una comunicación más animada, en cuanto cierran la puerta, que la que se escucha en el comedor de los criados, o en la taberna de Dedlock Arms, o que incluso burlen el tiempo aleccionando (corrompiendo quizá) al joven poni que está en el box abierto de la esquina.