La Casa lugubre
La Casa lugubre La señora Rouncewell ha conocido la inquietud y el pesar. TenÃa dos hijos, y el menor, después de no pocos disgustos, se hizo soldado, y no ha vuelto a verlo. Aun después de tanto tiempo, las manos apacibles de la pobre mujer se crispan de pronto, se retuercen y se agitan cuando habla de él. Un muchacho tan guapo, de tan buen corazón, siempre tan divertido tan amable y tan noble. El mayor hubiera podido quedarse en Chesney Wold y llegar con el tiempo a ser mayordomo de la hacienda, pero desde niño manifestó afición a la mecánica, construÃa máquinas de vapor con las sartenes y las marmitas, hacÃa abrevaderos mecánicos para los canarios e inventaba los más curiosos aparejos para que, sin el menor esfuerzo, pudiese el más débil de esos pajarillos proveerse de su ración de agua con solo dar vueltas a una ruedecilla con la patita. Esta inclinación tan marcada fue para la señora Rouncewell origen de una gran inquietud porque sabÃa que cualquier aptitud para cualquier profesión que de cerca o de lejos tuviera relación con la chimenea de una fábrica era a los ojos de sir Leicester el primer paso en la senda fatal que habÃa emprendido Wat Tyler,[3] y presentÃa con angustia que su desgraciado hijo iba a seguir esta senda. Pero el porfiado joven, muy dócil en todo lo demás, perseveró en sus condenadas inclinaciones y acabó construyendo un modelo de telar mecánico. La pobre madre se vio obligada a presentarse al barón, con los ojos bañados en lágrimas, para revelarle la reincidencia de su hijo.