La Casa lugubre

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Achaqué su conducta a su torpeza y a su timidez, porque apenas podía sacarse las palabras de la boca, e imaginé que lo mejor que podía hacer era esperar hasta que me cerciorase de que no le faltaba nada y retirarme. Enseguida, trajeron el almuerzo, pero se quedó sobre la mesa un rato. La entrevista se prolongó y al parecer fue bastante borrascosa, porque, a pesar de estar lejos del comedor el cuarto del señor Boythorn, oía alzarse, de vez en cuando, la recia voz de nuestro huésped como un viento tempestuoso y lanzaba probablemente una descarga cerrada de recriminaciones.

Reapareció, por fin, el señor Guppy, con peor aspecto que antes después de aquella entrevista.

—Es un hombre feroz —me dijo en voz baja.

—Tenga usted la bondad, señor Guppy, de tomar un refrigerio —dije yo.

Se sentó a la mesa, y se puso a afilar convulsivamente el cuchillo sobre el tenedor, sin apartar de mí la mirada. Estaba bien segura de ello, aunque yo no lo miraba a él. El afilado del cuchillo se prolongaba tanto que me creí obligada a levantarlos para romper el hechizo al cual parecía encadenado. En efecto, inmediatamente miró al plato que tenía delante, y empezó a cortar.

—¿Va a tomar algo, señorita? ¿Quiere que le sirva?

—No, gracias —le dije.


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