La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—¿No puedo servirle nada? —Se terminó atropelladamente un vaso de vino.

—Nada, gracias —dije—. Lo he esperado a usted únicamente para saber si necesitaba algo. ¿Hay algo que le pueda hacer traer?

—Muy agradecido, señorita. Tengo todo lo que puedo desear, a no ser que…, quiero decir que…, por el contrario. —Se terminó atropelladamente dos vasos más de vino, uno detrás de otro.

Creí que lo más prudente era dejarlo solo.

—Perdone usted, señorita, mi osadía —me dijo levantándose, viendo que yo iba a retirarme—, pero le agradecería un minuto de atención.

No sabiendo lo que tenía que decirme, consentí en volverme a sentar.

—Con la debida reserva, señorita —añadió, inclinándose hacia mí.

—No le entiendo —dije con sorpresa.

—Es una locución forense. Quiero decir con esto que espero que no hará usted uso, en detrimento mío en Kenge y Carboy o donde sea, de las palabras que voy a pronunciar. Que en el caso de que esta conversación no tuviera resultado alguno, continuaría en la posición en que me encuentro actualmente y no me causará perjuicio alguno en lo presente ni en lo por venir. En una palabra, que se trata de una comunicación enteramente confidencial.


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