La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—No acierto a adivinar qué es lo que puede usted decirme confidencialmente, pero puedo, desde luego, asegurarle que sentiría mucho causarle el menor perjuicio.

—Gracias, señorita; lo sé, me consta y me basta y sobra.

El señor Guppy no había dejado, mientras hablaba, ni de frotarse la palma de la mano izquierda con la de la derecha ni de enjugarse la frente con un pañuelo.

—Si me permite usted que beba otro vaso de vino, creo, señorita, que dominaré mejor el temor que me oprime y que seguro que le resulta tan desagradable como a mí.

Volvió a beber y se inclinó nuevamente hacia mí. Aproveché para interponer la mesa entre nosotros.

—¿Me permite servirle un poco, señorita? —me dijo el señor Guppy después de recobrar, así lo parecía, el aliento.

—No, gracias —dije yo.


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