La Casa lugubre
La Casa lugubre —¡Media copa! ¡La cuarta parte de una copa! —dijo el señor Guppy—. ¿No? Pues bien, prosigamos. Señorita Summerson, en la actualidad gano en el despacho de Kenge y Carboy dos libras esterlinas por semana, y, cuando tuve la dicha de verla a usted por primera vez, mis honorarios ascendÃan tan solo a una libra y quince chelines, que era lo que he estado ganando durante mucho tiempo. He obtenido un aumento de cinco chelines, y continuaré cobrándolo durante un año hasta un nuevo aumento de otros cinco al término de este. Mi madre posee una pequeña hacienda, con cuya pequeña renta anual puede vivir con independencia, aunque con modestia, en Old Street Road. Es eminentemente ventajosa como suegra. Nunca se mete en nada, es pacÃfica y de buen talante. Tiene sus defectos, desde luego (¿quién no los tiene?), pero nunca traslucen con gente delante, que yo sepa, y en esos momentos se le pueden confiar con tranquilidad vinos, alcoholes, o maltas. En cuanto a mÃ, vivo en Penton Place, Pentonville. En una habitación algo baja, pero ventilada, con ventanas que dan a un patio interior considerado uno de los más salubres. ¡Señorita Summerson! En resumen, la adoro a usted, y le ruego tenga la bondad de tomar en consideración mi declaración, y de permitir que la apoye, pidiendo formalmente su mano.
El señor Guppy se arrodilló delante de mÃ. Por suerte, mediaba entre ambos la mesa, y no me asustó.