La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Levántese usted de esa ridícula postura —le dije— o me veré obligada a faltar a mi promesa y a tirar del cordón de la campanilla.

—Oiga usted, señorita —suplicó el señor Guppy cruzando las manos.

—No escucharé ni una palabra más hasta que se levante de la alfombra y ocupe usted otra vez su asiento en la mesa si sigue siendo un hombre en su sano juicio.

Me miró lastimeramente, pero se levantó despacio y así lo hizo.

—¡Qué ridículo, señorita —dijo llevándose la mano al corazón y moviendo la cabeza con melancolía hacia mí por encima de la bandeja—, estar detrás de la comida en un momento así! El alma rehúye de la comida en un momento así, señorita.

—Le ruego que concluya —le dije—. Me ha pedido que lo escuchase, y yo le ruego, a mi vez, que concluya.

—Descuide usted, señorita —dijo el señor Guppy—, porque mi obediencia es igual a mi amor y a mi respeto. ¡Si pudiera hacerle sujeto de tal voto ante el altar!

—Eso es por completo imposible —dije— y está enteramente fuera de lugar.


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