La Casa lugubre
La Casa lugubre —No ignoro —continuó el señor Guppy, inclinándose por encima de la bandeja, y clavando en mà una mirada que adivinaba sin verla, porque yo rehuÃa la suya, en un último intento de que se cruzasen—, no ignoro que bajo el punto de vista de los bienes terrenales, la proposición que acabo de hacerle no es muy ventajosa, pero, señorita Summerson, ¡amor mÃo…! No, por favor, no toque la campanilla. He sido educado duramente y estoy acostumbrado a trabajar en muy diversas ocupaciones. Aunque soy muy joven he manejado muchos asuntos judiciales, he desentrañado evidencias, organizado pleitos, y visto mucho de la vida… Si me diera su mano, ¿qué no harÃa yo para servir sus intereses y aumentar su fortuna? ¿Qué dejarÃa yo de hacer para labrar su felicidad y su dicha? No sé el qué, desde luego, pero ¿qué no llegarÃa a descubrir si mereciese su confianza y se dignase usted alentar mis esfuerzos?
Le contesté que iba a conseguir tanto invocando mis intereses como dirigiéndose a mis sentimientos, y le supliqué que se retirase inmediatamente.