La Casa lugubre
La Casa lugubre —¡Cuánta crueldad, señorita! —dijo el señor Gruppy—. Una palabra, tan solo. No dudo que advertirĂa usted el efecto que me produjo su hermosura cuando la esperaba, por vez primera, en el Whytorseller. Creo que se dio cuenta de hasta quĂ© punto perdĂ la cabeza, que abrĂ la portezuela del coche que debĂa conducirla. Fue un pobre tributo, pero de gran significado. Desde entonces su imagen quedĂł grabada en mi corazĂłn. PasĂ© toda la noche paseándome frente a la casa de la señora Jellyby por el Ăşnico placer de mirar las paredes que la guardaban. El viaje que he hecho hoy, tan completamente inĂştil como el mensaje que le sirve de pretexto, lo he proyectado con el exclusivo objeto de verla. Si hablĂ© de intereses, era para darme valor ante sus ojos y para apoyar mis pretensiones y mi triste suerte, pero por encima de todo estaba mi amor, y lo está por encima de todo.