La Casa lugubre

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—Señor Guppy —dije cogiendo el cordón de la campanilla—, sentiría hacerle a usted o a cualquiera que sea sincero la injusticia de despreciar un sentimiento honesto por muy desagradablemente que haya sido expresado. Si realmente ha querido darme una prueba de su buena opinión, aunque a destiempo y fuera de lugar, creo que debería agradecérselo. Tengo pocas razones por las que sentirme orgullosa, y no lo soy. Espero —creo que añadí sin saber muy bien lo que decía— que ahora se vaya como si nunca se hubiese comportado de manera tan absolutamente insensata y se vaya a atender los negocios de Kenge y Carboy.

—Medio minuto, nada más, señorita —exclamó deteniéndose cuando estaba a punto de tocar—. ¿Esto no tendrá perjuicio alguno?

—Lo he prometido y lo cumpliré, a no ser que algún día me obligue su insistencia a romper el silencio.

—¡Por favor…! ¡Un cuarto de minuto, señorita! En el caso de que se piense mejor alguna vez, aunque sea en el futuro (lo que no tendría consecuencia alguna, porque mis sentimientos nunca cambiarán), la proposición que le he hecho, en particular las cosas que no me ha dejado hacer: Señor Guppy 87 de Penton Place, y en caso de ausencia o de muerte (a consecuencia de mi desengaño o por otras causas), a la Señora Guppy 302 de Old Street Road, con eso será suficiente.


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