La Casa lugubre
La Casa lugubre Aquí, bajo el techo pintado, con una Alegoría en escorzo que mira su intrusión como si fuera a abalanzarse sobre él, y él no le hiciera caso, el señor Tulkinghorn tiene a la vez su casa y su oficina. No tiene criados, solo un hombre de mediana edad, normalmente un poco desastrado, que se sienta en un banco alto en la entrada y que pocas veces está abrumado de trabajo. La clase de asuntos a que se dedica el señor Tulkinghorn es muy particular y no necesita tener pasantes. Depositario de grandes confidencias, no es hombre al que le guste compartirlas. Sus clientes solo lo quieren a él y solo él se ocupa de cuanto les atañe. Le redactan las escrituras que le son necesarias escribanos especiales del Temple a quienes da instrucciones misteriosas, y encarga al papelero las copias, sin regatear nunca el precio. El hombre de mediana edad que está sentado a todas horas en el escritorio se halla tan enterado de los asuntos del procurador como un barrendero de Holborn.
El lacre negro, el rojo, la tapa del tintero, una salvadera y un cajón de obleas han llegado por fin a una combinación que parece definitiva. Tú en medio, tú a la derecha y tú a la izquierda… Ha de cesar la indecisión o no cesará nunca. El señor Tulkinghorn se levanta, se cala los anteojos, toma el sombrero, enfunda el manuscrito en el bolsillo, sale del despacho y le dice al hombre de mediana edad que «volveré dentro de un momento». Rara vez es más explícito con él.