La Casa lugubre
La Casa lugubre Su despacho tiene en la sombra un aspecto análogo al que su propio titular ofrece: macilento, sucio y anticuado. Pesados sillones de ancho respaldo, de encina maciza y rellenos de crin, vetustas mesas cubiertas de sarga polvorienta, y retratos grabados en acero de los más célebres personajes del siglo anterior rodean al procurador. Yace a sus pies una vieja alfombra turca, de color oscuro, y a ambos lados de la mesa hay dos candelabros de plata donde arden dos velas, cuya luz no basta para desvanecer las tinieblas del vasto aposento. Los títulos de los libros se han ocultado tras la cubierta y ninguna de las cerraduras tiene la correspondiente llave. Hay algunos papeles esparcidos a su alrededor. Tiene un manuscrito cerca, pero no lo utiliza. Con la tapa redonda de un tintero y dos trozos rotos de lacre está tratando de decidirse a algo en su mente. Ahora la tapa del tintero está en medio, ahora el trozo de lacre rojo, ahora el trozo negro. No es eso. El señor Tulkinghorn debe reunirlos y comenzar de nuevo.