La Casa lugubre
La Casa lugubre Va a expirar el dÃa y los faroles de gas están encendidos, pero solo despiden un dudoso resplandor porque aún no es lo suficientemente de noche. El señor Snagsby está en el dintel de la puerta de su tienda mirando a las nubes y atisbando el vuelo de un cuervo rezagado que se dirige hacia occidente a lo largo de la estrecha franja del cielo aplomado que asoma por encima de los tejados de Cook’s Court. La corneja cruza el Chancery Lane y Lincoln’s Inn Garden hacia Lincoln’s Inn Fields.
AllÃ, en un gran edificio, antigua casa noble, vive el señor Tulkinghorn. Ahora está dividido y se alquila por habitaciones, y, en esos fragmentos encogidos de su grandeza, los abogados se hacinan como gusanos en cáscaras. Pero sus espaciosas escaleras, pasillos, y antecámaras se conservan aún, e incluso los techos pintados, donde una AlegorÃa, con casco romano y túnica celeste, se despatarra entre las balaustradas y las columnas, flores, nubes, y niños de grandes piernas, y provoca dolor de cabeza… lo que parece ser el objeto de toda AlegorÃa, más o menos. AquÃ, entre muchas cajas marcadas con nombres trascendentales, vive el señor Tulkinghorn cuando no enmudece en casas de campo donde los grandes de la tierra se aburren mortalmente. Aquà está hoy, en silencio, en su mesa. Una ostra de la vieja escuela que nadie puede abrir.