La Casa lugubre
La Casa lugubre Por mi parte, yo reconocía la verdad de semejante razonamiento, y si me es permitido dar mi parecer, lamentaba que los que habían educado a Richard no hubieran combatido esta perniciosa tendencia a la irresolución, dirigiendo su pensamiento hacia una carrera cualquiera. Había estado ocho años en el colegio, donde había aprendido a componer versos de toda clase en latín, y con tanta habilidad que solo le faltaba adquirir, en este género retórico, la manera de olvidarse de hacerlos; pero el caso es que nadie se había preocupado de descubrir sus aptitudes para encauzar sus estudios de acuerdo con su inteligencia y su vocación. No negaré que los versos en latín son una cosa muy útil para alcanzar el fin que se propone un joven en la vida, pero sospecho que le hubiera valido más a Richard estudiarlos algo menos y observar algo más sus facultades y sus inclinaciones. Excuso decir que, en semejante materia, no soy competente, e ignoro si los estudiantes de la antigua Roma y de la antigua Grecia, o de cualquier otra nación, hicieron tantos versos como había hecho Richard, por cierto, en una lengua que no era la suya.
—No tengo ni la menor idea de lo que debiera ser —decía pensativamente—. Salvo que estoy muy seguro de que no quiero entrar en la Iglesia, todas las carreras me dan lo mismo.
—¿Te gustaría ser abogado como el señor Kenge? —le preguntó un día el señor Jarndyce.