La Casa lugubre

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—¡No lo sé! —respondió—. Me gusta mucho ir en bote, y los estudiantes de leyes son muy aficionados al remo. Es una hermosa carrera.

—¿Y médico?

—¡Interesantísimo! —exclamó Richard.

Aseguraría que nunca había pensado en ello.

—Precisamente esa es mi vocación —añadió—. ¡Magnífico! ¡Doctor en Medicina!

Y soltó una risa franca, asegurándonos que cuanto más lo reflexionaba tanto más convencido estaba de que había nacido para médico. Que el arte de curar era el más bello y sublime. E, interpretando su propia alegría como una señal inequívoca de que habíamos dado con lo que le apetecía, se aferraba a esta idea, más que por una vocación formal y verdadera, por desembarazarse de una vacilación inoportuna.

Me gustaría saber si los versos latinos dan siempre este resultado, o si Richard era una excepción a la regla.

El señor Jarndyce se tomó el trabajo de volver a hablarle de lo mismo varias veces, sin duda para atraer su atención hacia la importancia que tenía una elección de la que debía depender toda su existencia.

Richard adoptaba un aspecto más grave después de semejantes entrevistas, pero acababa siempre por decir que estaba resuelto, y cambiaba enseguida de tema.


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