La Casa lugubre
La Casa lugubre —¡Cielo Santo! —exclamaba el señor Boythorn, que se interesaba vivamente por la resolución de este asunto como se interesaba por todo—. Me gusta ver a un joven apasionado y animoso dedicarse a tan noble profesión. Todo el género humano se aprovechará de tan generosa pasión para demérito de esos viles traficantes que no temen degradar ese arte ilustre por la manera en que lo ejercen. Esos merecen la última pena, aunque también la merecen ciertos enfermos de la categorÃa que yo me sé: pongo por caso a los abogados, jueces y procuradores, y demás imbéciles de la sociedad, que se reúnen para pronunciar discursos y que invierten en charlas un tiempo precioso. Para esos, los médicos sin escrúpulos, y aun diré más, para esos, la prohibición absoluta de curarlos a fin de acabar con ellos en el menor tiempo posible.