La Casa lugubre
La Casa lugubre —¡Hacerla desgraciada! ¡Oh! No lo quisiera ni aun a costa de mi amor —exclamó Richard, en tono sincero y digno.
—¡Bien dicho! —dijo el señor Jarndyce—. Mientras tanto, Richard, Ada vivirá con nosotros. Piensa en ella, en medio de la vida activa que vas a llevar, ámala siempre, ven a vernos algunas veces, y todo saldrá a pedir de boca. De otra forma, todo se estropeará. Ha terminado mi sermón, y creo que lo mejor que podéis hacer ahora es ir a dar un paseo.
Ada abrazó al señor Jarndyce con efusión, Richard le estrechó la mano, y los dos salieron del aposento, dándome a entender que me esperaban para acompañarlos.