La Casa lugubre
La Casa lugubre La puerta quedó abierta y los seguimos con la mirada el señor Jarndyce y yo, mientras cruzaban por la habitación contigua, que estaba iluminada por el sol. Richard, con la cabeza gacha, la había cogido del brazo y hablaba con expresión honesta mientras ella miraba su rostro y lo escuchaba y no parecía ver nada más. Tan jóvenes, tan hermosos, tan llenos de esperanzas y de promesas, así cruzaron levemente el espacio iluminado por el sol, igual que sus pensamientos atravesaban en ese momento los próximos años hasta convertirlos en años de felicidad. Y de este modo cruzaron hacia la sombra y desaparecieron. Bastó un rayo de luz para que parecieran tan radiantes. Negros nubarrones velaron el sol, y el aposento volvió a quedar en la sombra.
—¿He hecho bien, Esther? —me preguntó mi tutor cuando los perdimos de vista.
Era tan bueno y tan sabio y ¡me preguntaba a mí si había hecho bien!
—Richard podrá tal vez conquistar lo que le falta: la fuerza, la voluntad de hacer valer sus excelentes cualidades —añadió con aire pensativo—. En cuanto a Ada, no le he dicho nada, porque tiene ya su consejera y amiga, Esther.
Y apoyó su mano sobre mi cabeza con tanta ternura, que no pude menos de conmoverme, lo que él hubo de advertir, a pesar de los esfuerzos que hice por disimularlo.