La Casa lugubre
La Casa lugubre —No temas, hija mÃa —dijo—. Ya tendré yo buen cuidado de que la vida de nuestra querida ancianita no esté destinada tan solo a preocuparse en asegurar la felicidad de los demás.
—¿Preocuparme, querido tutor? ¿No sabe usted que soy la más feliz de las criaturas?
—Eso creo —dijo—. Pero alguien podrÃa averiguar lo que Esther no pudo, que esa pequeña dama debe ser el mayor de nuestros desvelos.
Olvidé decir antes que habÃa cenado con nosotros en esa especie de fiesta familiar alguien más. No era una dama, sino un caballero. Un caballero de tez morena…, un joven médico. A pesar de la reserva que mostró, me pareció amable y sensato. Por lo menos cuando Ada me preguntó si me habÃa parecido asÃ, yo le dije que sÃ.