La Casa lugubre

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—Vaya, no lo sé —respondió Richard—, pero, en cualquier caso, no van a sentenciar nada por el momento. No han sentenciado nada en Dios sabe cuánto tiempo.

—Muy cierto —dijo Ada.

—Y digo yo —insistió Richard, más respondiendo a su expresión que a sus palabras— que cuanto más tiempo haya transcurrido desde que comenzó el pleito tanto más cerca está de llegar a su término. ¿No es una cosa evidente?

—Tú lo sabes mejor que yo, Richard, únicamente temo que seamos desgraciados si confiamos en ello.

—Pero, mi querida Ada, ¡no vamos a confiar en ello! —exclamó Richard alegremente—. Digo solamente que si por una casualidad nos enriqueciera ese pleito, no tendríamos de qué quejarnos. El Tribunal es nuestro tutor, y debemos suponer que todo lo que nos dé, si algún día nos da algo, será legítimamente nuestro. No es necesario pelearse por nuestro derecho.

—No —dijo Ada—, pero sería mejor no pensar en semejante cosa.

—Pues bien —exclamó Richard—, ¡entonces olvidémonos de todo! Lo dejamos todo en el olvido. ¡La dama Durden hace un gesto de aprobación, y hecho!


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