La Casa lugubre

La Casa lugubre

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Al señor Woodcourt parecía contrariarle la prolijidad de su madre, sin embargo, la respetaba demasiado como para manifestárselo, y se esforzó, con delicadeza, en desviar la conversación expresando su gratitud al señor Jarndyce por haberlo invitado a su casa y por los felices momentos que en ella había pasado.

—El recuerdo que conservo —dijo— me seguirá a todas partes, y quedará grabado eternamente en lo más profundo de mi corazón.

Le estrechamos todos la mano. Llevó los labios a la mano de Ada y después a la mía, y partió para aquel viaje ¡que debía durar tantos años! ¡Tantos años!

Estuve muy ocupada todo el resto del día. Escribí a la Casa lúgubre dando algunas órdenes. Mi tutor me encargó que contestase en su nombre a varias cartas. Saqué el polvo a sus libros y papeles, y me moví tanto que nunca mi manojo de llaves había hecho tanto ruido.

Iba a anochecer, y estaba sentada junto a la ventana, donde trabajaba con intensidad mientras cantaba, cuando vi entrar a Caroline Jellyby, a quien no esperaba.

Llevaba en la mano un delicado ramillete.

—Pero ¡Caddy, querida —exclamé—, qué flores tan bonitas!

—Sí, son muy bonitas —contestó Caddy—. A mí también me lo parecen.

—¿Un regalo de Prince? —dije en un susurro.


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