La Casa lugubre
La Casa lugubre —No —respondió, moviendo la cabeza y dándome a oler las flores—. No de Prince.
—Vaya, vaya —dije—. ¿No será que tienes dos amantes?
—¿Qué? ¿Parece de esa clase de ramillete?
—En efecto, parece esa clase de ramillete —le dije pellizcándole la mejilla.
Caddy se sonrió como respuesta, y me dijo que habÃa venido a vernos mientras esperaba a Prince, quien en media hora estarÃa en la esquina. Se sentó junto a la ventana y se puso a hablar con Ada y conmigo, haciéndome oler las flores de vez en cuando o acercándomelas a la cabeza para ver el efecto que producÃan en mis cabellos. Por último, antes de marcharse me llevó a mi cuarto y me puso el ramo en el pecho.
—¡Para mÃ! —exclamé con sorpresa.
—Sà —respondió, dándome un beso—. Cierta persona lo ha dejado cuando se marchaba.
—¿Cierta persona cuando se marchaba?
—En casa de la pobre señorita Flite —dijo Caddy—, una persona que ha sido muy buena con ella, que se ha marchado para embarcarse hace una hora. No, no se lo quite usted, consérvelas ahà —dijo, sujetando las flores en mi pecho—. Estaba presente cuando las trajo a casa de la señorita Flite y no me extrañarÃa que se las dejase cierta persona a propósito.