La Casa lugubre

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—En cuanto al señor Jarndyce (que, entre paréntesis, se quejaba con frecuencia del viento de levante durante esa época) es ¡el más amable de los benefactores, Esther! —me decía Richard—. Aunque no fuera más que por darle gusto, trabajaría día y noche para acabar dignamente mis estudios.

La sola idea de verlo entregado formalmente a un estudio cualquiera creaba un más que singular contraste con su rostro indiferente y risueño, al igual que una extraña anomalía con el desenfado que había en sus gestos. Sin embargo, nos contaba entretanto que estaba trabajando hasta tal punto que se preguntaba cómo no le salían canas. Su forma habitual de liquidar el asunto consistía (como ya he dicho) en irse con el señor Kenge a mediados de verano para ver si le gustaba.

Continuaba siendo, en esa época, en lo referente al dinero igual que había sido siempre, generoso, pródigo, desaforadamente imprevisor, y estaba persuadido, sin embargo, de actuar de forma calculadora y moderada. Un día en que yo le decía, delante de Ada, medio en serio medio en broma, que dilapidaría los tesoros del príncipe Fortunato, exclamó:



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