La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—¿Oyes, prima, lo que dice esta vieja? ¿Sabes por qué lo dice? Porque he pagado en los últimos días por una levita ocho libras y algunos chelines. En cambio, si hubiera continuado en casa del doctor hubiese necesitado doce para seguir un curso, de lo cual resulta, pues, que he salido ganando cuatro libras.

Discutían detenidamente mi tutor y él acerca de las disposiciones que tomarían para su establecimiento en Londres durante los pocos meses que pasaría practicando el derecho a título de pasante, porque habíamos regresado a la Casa lúgubre, y, a causa de la distancia, solo podría venir una vez por semana.

Mi tutor me dijo que si Richard tuviera que establecerse con el señor Kenge alquilaría algunos apartamentos o habitaciones donde también podríamos quedarnos de cuando en cuando durante unos días en cada ocasión. «Pero, mujercita —añadió frotándose la cabeza de forma muy significativa—, ¡todavía no se ha establecido allí!» Determinamos, por el momento, establecerle en una casa muy tranquila, situada cerca de Queen Square. Su primera preocupación fue gastar todo el dinero que llevaba encima en comprar diversas bagatelas para adornar su habitación, y cada vez que Ada y yo lográbamos disuadirlo de una compra inútil y dispendiosa, apuntaba lo que le hubiera costado, compraba otro objeto de menos precio y consideraba la diferencia como una ganancia.


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