La Casa lugubre
La Casa lugubre Todos estos asuntos habían retrasado nuestra visita al señor Boythorn. Pero habiendo, por fin, tomado Richard posesión de su nueva residencia, nada se opuso ya a nuestra partida. En la época en que nos hallábamos, Richard hubiese podido venir con nosotros sin el menor inconveniente, pero entraba en el período de entusiasmo por la nueva carrera y hacía esfuerzos inauditos por desentrañar los misterios de Jarndyce contra Jarndyce. Se quedó, pues, en Londres, siendo esto motivo para que Ada lo elogiase, encantada, por estar tan ocupado.
Hicimos un viaje a Lincolnshire muy agradable en coche, y tuvimos en el señor Skimpole un compañero muy amable. Había saldado todo su mobiliario, según parecía, la persona que lo había embargado en el cumpleaños de su hija de ojos azules, pero parecía bastante aliviado pensando que se lo había quitado de encima. Decía que las mesas y las sillas eran objetos fastidiosos por su monotonía, y que un día u otro acaban por exasperar. ¿Podía haber mayor ventaja que la de no estar ligado a tal o cual sillón, posarse como una mariposa sobre asientos que se pueden variar, sin cesar, alquilándolos en casa de un tapicero, y revolotear del palo de rosa a la caoba, de la caoba al nogal, y de un estilo a otro, según el capricho y el momento?