La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Lo más gracioso —añadió, pensando en la parte ridícula de la aventura— es que los muebles no están pagados y que mi casero se los lleva tranquilamente como si fueran míos. ¿No les parece a ustedes que el chasco va a ser de órdago? Si el ebanista no se comprometió a pagar mis alquileres, ¿qué derecho tiene a perjudicarle con el embargo mi casero? Si tuviera yo un grano en la nariz y este grano ofendiese las ideas especiales que mi casero ha concebido de la belleza, no sería esto un motivo para ir a cortarle la nariz a mi ebanista, ya que está desprovista de semejante adorno. Luego el argumento del casero es, a mi entender, completamente erróneo.

—De todo lo cual resulta —concluyó mi tutor jovialmente— que tendrá que pagar quien ha respondido de las sillas y las mesas.

—Exactamente —dijo el señor Skimpole—, y este es el punto culminante de este absurdo asunto. «¿No sabe usted (le dije a mi casero), que mi excelente amigo Jarndyce tendrá que pagar todo lo que se lleva usted, de una manera tan poco delicada? ¿No habrá respeto alguno al derecho de propiedad de ese excelente amigo?» Pues no tuvo respeto.

—¿Y no le hizo a usted caso? —dijo mi tutor.


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