La Casa lugubre
La Casa lugubre —En absoluto —contestó el señor Skimpole—. Lo llamé aparte, le hice entrar en mi habitación y le dije: «¿Entiende usted de negocios?». «SÃ, señor.» «Pues bien, tratemos este negocio entre nosotros; aquà tiene usted papel, plumas, tinta y obleas. ¿Qué pide usted? Vivo en su casa hace mucho tiempo y creo que con mutua satisfacción, pues no hemos tenido altercado hasta ahora. Arreglemos esto amigablemente, y según todas las reglas que se observan en los negocios. ¿Qué quiere usted? ¿Qué pretende usted?» Por toda contestación me dijo en lenguaje figurado, a la manera de los orientales, que lo que querÃa era dinero y que todavÃa no sabÃa de qué color era el mÃo. «Mi respetable amigo (respondÃ), esto es muy sencillo de entender, nunca he tenido dinero ni siquiera sé lo que es.» «Pues bien (dijo), ¿qué me ofrecerÃa si le diese más tiempo?» «No sé lo que quiere usted decir con tiempo (le dije a mi vez), pero estoy pronto a efectuar un arreglo, entre nosotros, con papel, plumas, tinta y obleas. No obstante, insisto en que no se cobre usted, a expensas de otro, porque será una locura, y puesto que entiende usted en negocios terminemos este como es debido.» No quiso oÃrme y asà terminó la cosa.