La Casa lugubre
La Casa lugubre El carácter del señor Skimpole adolecía de algunos inconvenientes, pero tenía, indudablemente, sus ventajas, como, por ejemplo, el permitirle a este amable compañero satisfacer su excelente apetito y comerse una cesta de melocotones, como lo hizo durante nuestro viaje, sin acordarse de pagarlos. Lo mismo sucedió cuando al bajar del coche le pidieron el precio de su asiento y le preguntó al cochero qué suma, adecuada o generosa, sería conveniente por un asiento, y, al responderle este que media corona, dijo que no era mucho y dejó solo al señor Jarndyce con el cochero.
Qué tiempo tan hermoso. ¡La brisa hacía ondular tan graciosamente los verdes sembrados, las alondras cantaban con voz tan alegre, el ramaje de los árboles era tan lozano y espeso, había tantas flores en los setos y las huertas esparcían un perfume tan agradable! A media tarde el coche se paró en la plaza del mercado, en un pueblo tranquilo, donde vimos un campanario, una cruz en medio de la plaza, una calle inundada de sol, y un estanque donde un caballo viejo se refrescaba las patas, y unos pocos hombres somnolientamente recostados o en pie en los escasos trozos de sombra. Después del movimiento de la carretera, el rumor del viento en las hojas y el susurro de los sembrados, aquel pueblo nos pareció el más tranquilo, caluroso y calmado de toda Inglaterra.