La Casa lugubre

La Casa lugubre

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El señor Boythorn nos esperaba en el mesón con una carretela descubierta para conducirnos hasta su casa, a algunas millas de distancia. Iba a caballo y se apresuró a desmontar, contentísimo de vernos.

—¡Santo cielo! —exclamó, después de saludarnos de manera muy elegante—. ¡Maldita diligencia! Es el vehículo más abominable que recorre las carreteras. ¡Veinticinco minutos de retraso! Es para colgar de un árbol al conductor.

—¿Retraso? —dijo el señor Skimpole como si estuviese hablando consigo mismo—. Como a mí me importa muy poco el tiempo, me tiene sin cuidado.

—¡Veinticinco minutos! ¡Veintiséis minutos! —repitió el señor Boythorn consultando el reloj—. ¡Y con dos señoras en el coche! Ese malvado se ha retrasado adrede, ¡adrede! Porque esa demora es imposible que sea casual. Pero ¿qué se puede esperar de un hombre que ha heredado los vicios de su padre y de su tío? Los dos eran los cocheros más canallas que se hayan sentado en un pescante.

Mientras decía esto con la mayor indignación, nos ofrecía la mano con la elegancia más exquisita para ayudarnos subir a la carretela, y su rostro expresaba el placer y la alegría de vernos.


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