La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—Supongo —interrogó riéndose mi tutor— que podremos visitar los jardines y dar algún paseo por ellos, a no ser que entremos en la prohibición que tú te has impuesto de no poner los pies en ese terreno.

—Mis huéspedes quedan en completa libertad en todo, menos en el hecho de fijar el día de su partida —respondió saludándonos, inclinando la cabeza con infinita gracia a Ada y a mí—. Sentiré, únicamente, no tener el placer de acompañarles a los jardines de Chesney Wold, que es un sitio magnífico. Pero te juro por la luz de este día de verano, Jarndyce, que si haces una visita al propietario de esa quinta mientras estás en mi casa, es más que probable que te reciba con frialdad. Se comporta como un reloj de pared en todo momento, como si perteneciera a una raza de esos relojes de pared de cajas espléndidas que jamás funcionan ni van a funcionar —¡Ja, ja, ja!—. Siempre ha sido frío, tieso y ridículo, pero lo será doblemente para los amigos de su vecino Boythorn.

—No lo someteré a esa prueba —dijo mi tutor—, y le será tan indiferente el placer de recibirnos como a mí la honra de conocerlo. Me contentaré con visitar su jardín, y tal vez su quinta, pero como un simple viajero.


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