La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—No. No es esa su voz.

—Entonces, ¿cómo dices que la reconoces? —pregunta el jefe de policía, señalando a la desconocida.

—Porque lleva su velo, su sombrero y su vestido —responde Jo, con seguridad, a pesar de su confusión—. Es ella y no lo es. No tiene su mano, ni sus anillos, ni su voz, pero lleva su sombrero, su vestido y su velo, y me parece, cuando no habla, que es la que me dio el soberano y desapareció.

—Bien —dice el señor Bucket pausadamente—, no nos has sacado de dudas, pero aquí tienes cinco chelines. Mira cómo los gastas y compórtate como un hombre de bien.

El señor Bucket pone los cinco chelines en la mano de Duro de Pelar, lo vuelve a coger del brazo y lo hace salir del despacho, donde se queda el señor Snagsby solo con la mujer velada y muy poco tranquilo en medio de aquel misterio. Pero casi al mismo tiempo aparece el señor Tulkinghorn y la desconocida alza el velo y descubre un rostro bastante bonito, aunque tiene cierta expresión poco simpática en su fisonomía.

—Gracias, señorita Hortense —dice el señor Tulkinghorn, con su calma habitual—. No la molestaré más, por el momento.

—¿Hará usted el favor de acordarse de que estoy sin trabajo? —dice Hortense.

—No lo olvido, señorita.


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