La Casa lugubre
La Casa lugubre —¿Puedo contar con su protección?
—Plenamente.
—¡Tiene tanta influencia una palabra del señor Tulkinghorn!
—Esté usted segura de que será bien recomendada.
—Gracias anticipadas y disponga de mà en cuanto pueda serle útil.
Hortense se retira, con aire de distinción natural, y el jefe de policÃa, a quien el cargo de maestro de ceremonias parece serle tan familiar como todos los que desempeña según las circunstancias, acompaña a la señorita Hortense hasta al pie de la escalera, con cierta elegancia.
—¿Qué le parece a usted, Bucket? —le pregunta el señor Tulkinghorn cuando vuelve al despacho.
—Creo que concuerda perfectamente con lo que habÃa dicho. No cabe duda alguna. Era la otra con el traje de esta. Jo es muy preciso en todo lo que cuenta. Señor Snagsby, le dije a usted que no tenÃa nada que temer. ¿Está usted ya tranquilo?
—Completamente, señor, y si no me necesitan ustedes, con su permiso…, mi mujer debe de estar ya impaciente.
—Gracias, señor Snagsby. No lo necesitamos ya —responde el procurador—, y no olvidaré jamás las molestias que se ha tomado usted.