La Casa lugubre

La Casa lugubre

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—¡Oh! Ninguna molestia. Adiós, señores.

—Lo que más admiro en usted —dice el oficial de policía acompañando al señor Snagsby y dándole afectuosos apretones de mano—, es que es usted uno de esos hombres discretos y de conciencia, fieles y exactos cumplidores de su deber. Cuando se trata de hacer el bien, le basta con la satisfacción de hacerlo, y estoy seguro de que no vuelve usted a acordarse de ello. ¿No es cierto?

—Me esfuerzo en hacer todo el bien que puedo —responde el señor Snagsby.

—Y el éxito corona sus laudables esfuerzos —dice el señor Bucket—. Eso es, precisamente, lo que más aprecio en un hombre de su profesión.

El señor Snagsby se despide del jefe de policía y vuelve a su casa, tan confuso que se pregunta si es cierto que no sueña y si las calles que recorre y la luna que brilla existen realmente. Pero muy pronto sale de dudas sobre este punto ante la incontestable realidad de su mujer, a quien se encuentra con el gorro de dormir ya puesto, y que acaba de enviar a Guster a la policía para dar parte de la desaparición del señor Snagsby después de haber pasado dos horas muerta de ansiedad. Pero, como dice sentidamente la mujercita, ¡vaya si se lo agradecen!


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