La Casa lugubre
La Casa lugubre —No puedo decir que esté definitivamente resuelto —dijo Richard, enfatizando en «definitivamente» como si quisiera expresar la dificultad de ello—, porque me es imposible tomar una determinación definitiva hasta que haya terminado el pleito. Cuando digo el pleito, ya comprenderá usted que hablo del… asunto prohibido.
—¿Cree usted que terminará pronto? —pregunté.
—No me cabe la menor duda —afirmó Richard.
Después de algunos instantes de silencio, agregó:
—Querida Esther: la comprendo, y quisiera, con toda mi alma, ser más constante en mis deseos. No lo digo por Ada, pues cada dÃa estoy más enamorado. Me refiero a las resoluciones que tomo y que no mantengo, lo cual es para mà algo que no puedo definir, pero que con seguridad usted sabrá adivinar. Si fuera menos inconstante, me decidirÃa firmemente por el doctor Badger o por Kenge y Carboy, serÃa metódico y constante, no tendrÃa deudas y…
—¿Tiene usted deudas, Richard?
—Algunas —dijo—. Me he aficionado mucho al billar y a otras diversiones. Ahora que he dejado escapar el secreto, ¿no me rechazará usted, Esther?
—¡Ya sabe usted que no!